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Por: Laura Andrade Yúdico

LA NADA


Él venía de un lugar muy lejano y dispuesto a cambiar el rumbo de la humanidad. Se sabía distinto a todos los habitantes del sitio adonde, después de mucho meditar, decidió llegar a establecerse. Para tener éxito en esta nueva empresa tenía que hacer una obra de arte, algo descomunal y así demostraría ser el mejor maestro del disfraz... el camaleónico ser que había engañado a tantos.

Sabía perfectamente que, si no deseaba despertar sospechas, tendría que parecerse a cualquiera de sus nuevos vecinos, por lo tanto, a su llegada hizo lo necesario para transformarse y en un abrir y cerrar de ojos era tan común y corriente que nadie notaría sus diferencias con el resto. ¡Estaba orgulloso de ser tan hábil para confundir a los demás, de sus grandes dotes de actor y de su descomunal y magnífica naturaleza!

En efecto, era en muchos sentidos maravilloso, pues su fama y fortuna, fuerza y poder, inteligencia y capacidades lo habían hecho dominar y consolidarse como excepcional desde el principio de los tiempos, aunque ya no estaba seguro en ninguna parte y temía perder lo ganado a lo largo de su existencia... Podía ser el mejor de todos los canallas o el más encantador y seductor de los mortales si así le apetecía, claro que él no tenía esa condición pues nunca moriría.

Sabiendo que su estancia en este planeta iba a ser eterna, se preocupó por tener una vida de maravilla e hizo cuanto le produjo placer sin temer las represalias. Viajó miles de veces alrededor del mundo, vio nacer todas las naciones y siempre fue un personaje distinguido en esos procesos; adoptó muchísimos nombres y personalidades y en cada caso  fue sobresaliente, brillante... Era el ser más capaz de los creados desde el inicio. Para él, el triunfo había sido una sensación tan común que llegó a no le sorprenderse de nada, logró mantenerse como un importantísimo miembro de las distintas comunidades en las que participaba y le fue natural hacer posible lo imposible, conquistar lo inconquistable, crear lo inexistente y hacer felices o infelices a muchas generaciones de seres humanos, por  siglos, pero ahora sentía que estaba en decadencia y comenzaba a asombrarse porque una duda se le había metido en la cabeza: ¿por qué le era necesario sentir asombro? ¿Por qué sentía que su razón de ser se había vuelto monótona, aburrida y completamente solitaria? ¿Por qué en estos tiempos se estaba inconformando con su propia existencia?

Antes no hubiera parecido importarle nada, pues no se cuestionaba su origen ni las razones para estar permanentemente en este mundo. Sólo llevaba a cabo las acciones necesarias para cumplir con lo que le habían dicho que era su misión, pero ahora eso mismo le provocaba incertidumbre, pues se había hastiado de no entender o de haber llegado al punto de hacerlo en demasía, lo que le provocaba un fastidio insoportable. Sabía que los hombres eran siempre iguales, reaccionaban de idéntica forma en parecidas circunstancias y jamás podrían elevar su consciencia en busca del verdadero motivo que tenían sus vidas. No distinguían el bien del mal porque ambos valores eran apreciados dependiendo del momento histórico, del tiempo y del espacio, de la capacidad de intelecto de cada ser, lo que los convertía en una especie difícil de llevar  por cualquiera de dos caminos: la luz verdadera o la oscuridad total.

Por lo mismo, él consideraba que no tenía mucho que hacer en este plano. Nunca podría adueñarse de ninguna otra vida por completo y se sentía realmente frustrado.

A él se le había cobrado un precio muy grande, pues se le otorgó el destino más cruel de todos: existir por siempre y conquistar con sus poderes la mayoría de las almas que le fueran posibles para conducirlas al grandioso reino que gobernaba en algo que fue llamado "Inframundo"; pero, a pesar de que sus sueños habían llegado muy lejos al creer que lo tendría pletórico de los mejores representantes de la raza que debía conquistar, sólo contaba con dos o tres miembros excepcionales... el resto llegó ahí por haber realizado unas cuantas cosas más o menos terribles, pero si analizaba con cuidado sus vidas, resultaba que la mayoría de ellos habían sido buenos hijos o hermanos o tenían alguna virtud bondadosa, cosa que no iba de acuerdo con lo prometido, ya que él sería el dueño de un ejército de almas bien podridas y no sólo de uno compuesto por espíritus  mal encaminados y perdidos entre su falta de voluntad y sus deseos mediocres de venganza, poder, ambición y una carente esencia de lo que el mal representa, es decir, la total y absoluta ignorancia del bien.

En fin, se conformaba con eso porque sabía que el engañado había sido él, sólo se lamentaba por ser tan crédulo y no haberse dado cuenta de que su creador jamás le hubiera permitido a nadie tener el conocimiento universal absoluto. Se aceptaba, más que otra cosa, como un equilibrio necesario para que su contraparte, igual de maravilloso que él, pudiera llevarse todos los créditos, pues los hombres creían y actuaban dependiendo de su conveniencia y, curiosamente, a la mayoría le encantaba la idea de ser juzgada como buena... Aunque todos, sin excepción, tuvieran algo malo en su vida; sin embargo, él estaba convencido de que para eso había sido inventado el arrepentimiento y la indulgencia.

¡Realmente, indignante!

¿Entonces, para qué seguir intentando algo que, por más que quisiera volver posible resultaba lo contrario?

Ya nadie creía en él ni en lo que representaba. Todos los seres humanos eran movidos según su conveniencia y eso lo ofendía, pues cuando se trató de hundirlo en la oscuridad a él así se hizo y desde entonces, su sola mención causaba desprecio y repudio...

La hipocresía de los hombres es enorme. Pensaba.

“Pero es completamente distinta a mi naturaleza: ¡yo fui uno siempre y con valor me conduje aun cuando me desterraron por una justicia que no reconoció mi importancia...! Y terminé siendo el ejemplo de lo prohibido, lo indeseado y perverso, pero yo sí actúo y siempre lo hice sin arrepentimientos, pues no busqué comprensión ni solicité indulgencias. Simplemente soy lo que soy y lo acepté. Me declaré en contra de la luz y  usé mis armas para desterrar al bien sin reparos. Todos supieron de mí y muchos me adoraron. Algunos, eran de mi misma esencia y están conmigo, pero también confieso que la mayoría lo está más por no ser buenos del todo que por ser malos completamente y eso me está dejando en el papel de recolector de desperdicios. ¡Me rebelo nuevamente contra todo lo que no sea idéntico a mis principios originales! ¡Llevaré a cabo mi último intento por hacer que el hombre que llegue a mi reino sea merecedor de ese sitio! Y la última batalla la libraré de frente para demostrar si se justifica mi existencia en este mundo... e incluso, la de mi contrario. ¡Ahora estoy en el sitio indicado para comenzar!

"Aquí todos son buenos.  Algunos son considerados representantes de mi rival y hasta los elevan a una categoría casi celestial; pero, ¿en verdad se puede creer que los hombres sean tan tontos?

"Ellos son, principalmente ciegos o convenencieros, ¿eso los hace más buenos que malos o viceversa? Según yo, los convierte en magníficos candidatos a morir y ser olvidados en la nada, pues, la mayoría no aporta o crea o siente... Simplemente, vive según sus credos, pero ¿cuáles son esos? ¿Errar y volverlo a hacer para luego arrepentirse por miedo a perder la gloria prometida y morir en gracia de la bondad? Verdaderamente, un fraude. Entonces, ¿será acaso cierto que mi reino es el único lleno de almas podridas? La respuesta es un no definitivo. Pero mi tarea consiste en demostrar mi verdad y volver al inicio: Él se lleva a los buenos y yo a los malos. De ninguna manera permitiré que se siga el proceso actual: ¡malos conversos en el cielo y medio perversos conmigo!"

De esa forma, esa magnífica criatura se internó en las calles y plazuelas que conforman al sitio en donde más personas de buenos sentimientos, maravillosas acciones, conductas ejemplares, llenas de santos, creyentes en la bondad y riqueza hay en esta Tierra.

Comenzó por clasificar de un golpe a todos los habitantes y sin piedad o miramientos los desacreditó. Ninguno de ellos sería llevado con él, así que su trabajo consistiría en hacer que llegaran al lugar indicado después de su muerte. De esa forma, los que verdaderamente merecieran la gloria la tendrían, pero los demás sólo irían a la nada.

Se había establecido en un departamento pequeño, muy cómodo y con vista a la plaza mayor de la localidad. Desde ahí podía mirar desde muy temprano la llegada de la gente que asistía a la celebración de rituales dignos de sus creencias, pero para él resultaba obvio que la mayoría de las personas únicamente estaban ahí por asuntos muy distintos: curiosidad, diversión, placer o vanidad. Algunos pocos, creían ciegamente en lo que estaban haciendo y la razón de su estancia en ese lugar.

Ellos eran los que se habían vuelto su objetivo, pues tenía que comprobar sí su bondad los hacía merecedores del cielo o si nada más aparentaban y podían dar la espalda a sus creencias para adorarlo a él.

Era desconcertante no poder descifrar el alma del líder... de aquél que envuelto en un halo de luz convocaba a multitudes en ese sitio, pero trataba de ignorarlo, pues entendía que ese hombre podría ser el señuelo que su contraparte, silentemente, le hubiera tendido para demostrar que la bondad siempre triunfa sobre el mal y no iba a caer de nuevo en ese juego en el que ya había sido condenado antes por pensar diferente y sostener que aquel que lo desterró no era mejor que él y mucho menos para conducir las consciencias de los seres humanos.

No tenía ganas de pasar demasiado tiempo observando y una mañana hizo que una peste llegara a esa localidad y con ella la muerte de aquéllos que no eran ni buenos ni malos. Se sorprendió cuando se dio cuenta de que no había llegado ninguna clase de ayuda celestial para combatir esa epidemia, pero se sintió complacido al saber que sólo habían sobrevivido los que le interesaban... Los que usaría para saber sí podían llegar al paraíso.

En realidad quedaron muy pocos con vida y, entre ellos, el líder religioso.

La curiosidad por saber quién de ellos sería despachado a la nada y cuál de todos iría con su contraparte, lo hicieron salir a las calles para seguir con su plan.

En la plaza se encontró con dos mujeres que parecían haber sufrido mucho, pues sus rostros mostraban las señales del dolor. No hablaban y permanecían de rodillas, con la cabeza inclinada y los ojos cerrados. Parecía qué invocaban al más grande y luminoso, pero el silencio imperaba. Las observó fijamente y pudo entrar en sus mentes. Ambas pedían un milagro. Las dos deseaban estar al lado de quienes habían muerto. Ninguna tuvo el valor de mirarlo a los ojos, pero él ya conocía hasta sus más escondidos secretos: ellas habían dedicado su vida a honrar al más divino sólo por debilidad, error o amor equivocado. Una, por haber amado más que a nadie en el mundo a un joven sacerdote al que decidió seguir por siempre... la otra, por creer que valía la pena dar su existencia en nombre de la bondad a cambio de una vida llena de mentiras, pues sólo aparentó querer el bien de los demás buscando únicamente el personal. En esos momentos supo en qué lugar se encontraban todos sus seres amados y sin dudarlo las mandó directamente con ellos.

En ese instante, él se sintió el mejor de todos. Les había concedido sus deseos y hasta creyó que no era tan malo, después de todo.

Cuando término con dos de los sobrevivientes se dedicó a buscar más, pues tenía que cumplir con su misión.

A unas cuantas calles se topó con un pobre individuo que vagaba sin rumbo. Se veía confundido y llevaba consigo una fotografía de su familia. Todos habían fallecido y él se sentía perdido. Sin embargo, en cuanto estuvo frente al causante de esa desgracia, no pudo mirarlo a los ojos y mucho menos pronunciar palabras, pues algo de él le daba miedo y le imponía. El malvado sintió pena por ese ser porque conocía todos sus actos. Había sido borracho, jugador, vividor, golpeador y mujeriego... Cualidades que lo hacían más o menos corrupto ante su juicio, lo único malo es que estaba arrepentido de corazón. Eso lo volvía un converso y con ello repudiaba todos sus actos pasados. Tampoco era un candidato a morar su reino eternamente y, retando al poder celestial, mandó a ese desdichado al lado de sus amados difuntos.  Al lugar a dónde él, unilateralmente, decidió enviar a todas las almas que no merecieran la gloria o el infierno.

Sabía que el haber tomado la decisión de llenar de hipócritas la nada era toda una provocación porque existía un creador supremo que había dispuesto las cosas de otro modo, pero ante la indiferencia de su contrario, que no hacía acto de presencia, pensó seguir adelante hasta que o se apareciera o recibiera un castigo ejemplar por parte del único y absoluto poseedor del conocimiento universal.

Con esa disyuntiva continuó su camino. No encontró a nadie que fuera digno de ir al cielo y siguió su estrategia... Nadie iba hacia la luz.

Le faltaba visitar al líder espiritual. A él lo había dejado al final porque pensaba que ése sí podría ser un candidato perfecto para llegar al paraíso, así es que, saboreando lo que creía iba a ser una buena contienda de valores entre el bien y el mal, se dirigió a su encuentro.

Cuando lo encontró se vio de frente con un hombre tan ordinario como parecía serlo él en ese momento, sólo que aquél era un príncipe y, en consecuencia, intentaba actuar con esa dignidad. El maligno no se inmuto y hasta cierta gracia le hizo esa actitud. Fue paciente y espero a que lo reconocieran, igual que había sucedido en los demás casos, pero ahora no ocurría de esa forma. Lo veían a los ojos y le sostenían la mirada. El silencio era lo único que se escuchaba. Algo extraño estaba sucediendo.

Después de un rato, se decidió a hablar el líder y no mostraba arrepentimiento, pues sostenía que sus actos habían sido buenos siempre... que no había tacha alguna en su vida... creía en un solo Dios y lo adoraría por siempre.

El rey de la oscuridad sonreía y entre más lo escuchaba más grande eran las ganas de reírse de esas temerarias confesiones. Admiraba el valor de aquel que tenía enfrente, pero nada de lo que dijera era cierto, pues como hombre tenía más culpas que cualquiera y la más gigantesca de todas era la soberbia porque, en verdad, se creía un elegido divino. Después de escucharlo, el exiliado estaba harto y le preguntó:

-¿En verdad te crees merecedor de gozar de la gloria prometida? ¿Te sientes digno de ir a donde te espera la paz y la eternidad gloriosa? Aseguras que no hay nada malo en tu existencia sabiendo que no eres del todo bueno y que yo lo sé. ¿Por qué no pides clemencia? ¿Por qué no te arrepientes ahora? Sabes qué serás perdonado de todo y con eso podrías llegar a donde deseas.

El príncipe supo que no tendría opciones. Estaba frente de quien siempre quiso escapar y ahora no sabía qué hacer. Si solicitaba la indulgencia estaría confesando sus pecados y, si no, tal vez ese horrible ser lo llevara con él a su mundo.

Se sentía confundido, pero como debía encontrar una forma de garantizar su seguridad y tranquilidad espiritual decidió arrodillarse y pedir clemencia. Lo malo fue que lo hizo ante el  perverso. ¡Le imploraba perdón!

La satisfacción no podría ser más grande para el maldito, pues el hombre más bueno del mundo le suplicaba por su alma a él.

Con eso demostraba que no hay seres humanos honestos en lo absoluto, pues no pueden ser buenos ni malos del todo. De ese modo y, sin dudar un segundo, mandó  directito a la nada al príncipe suplicante.

Estaba contento. Después de esa hazaña regresaría a su mundo sabiendo que no recibiría más buenos con culpa y que el cielo no tendría más malos conversos. Se había hecho justicia, pues, por primera vez en siglos, volvía a poner las cosas en el orden original.

Desgraciadamente, poco le duró el gusto, ya que al salir del templo en donde había encontrado al líder religioso distinguió a un hombre que estaba parado justo en el centro de la plaza. Ese ser brillaba intensamente y le extendía los brazos. Llevaba con él una pequeña maleta y parecía que estaba ansioso.

El rey de la oscuridad adoptó su forma original y se apresuró a encontrarse con aquel que resplandecía.

Su mente no estaba funcionando como hasta hacía unos momentos, pero siguió sus impulsos.

Cuando estuvo delante de ese ente sólo deseó abrazarlo, besarlo y pronunciar palabras de reconciliación, así es que se dejó llevar y término haciendo todo eso, ante su propio asombro.

El hombre de luz le dijo:

-¡Hermano! ¡Al fin nos reencontramos! Y soy inmensamente feliz. Te he extrañado por siglos y me siento un poco culpable, pues tú has tardado más tiempo en entender las cosas... la verdadera razón de todo... el divino plan que se estableció desde el comienzo de los tiempos... ¡Eso ya no importa! ¡Estamos juntos de nuevo y no nos separaremos jamás! Los dos merecemos encontrar nuestro sitio en algún lugar del universo, pues la Tierra hace centenares de siglos no nos pertenece... si es que algún día lo hizo.

El rey del mal no comprendía esas palabras, pero, de golpe, sintió que la verdad inundaba su corazón...

-Me parece perfecto hermano. Partamos hacia el sitio que en justicia nos corresponde. Las almas de los hombres no son tuyas ni mías y estoy seguro de que nuestro padre lo supo siempre. No tenemos nada que hacer aquí. El mal o el bien está en cada uno de estos seres que viven sus vidas de acuerdo con sus conveniencias y, de alguna manera, tú y yo hemos servido a la del creador universal... sólo como imágenes de veneración o de desprecio... ¡Qué desperdicio! Vayamos pues...

Dicho eso, un rayo enorme y sonoro se escuchó. Se abrió el cielo y un viento helado comenzó a soplar... Se formó un inmenso remolino que, con furia y desconsideración, levantó a los hermanos para dirigirlos directamente a la nada.

 

 

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Manipulación de imágen: Luis Andrade Yúdico.

 

 

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