Por: Roberto Andrade Echauri

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UN BAILE DE GALA Y MI PRIMERA NOVELA

Por pura casualidad o por capricho del sino, terminada la Prepa fui a parar a la Facultad de Filosofía y letras en lugar de la Escuela Nacional de Arquitectura, para la que había estudiado el bachillerato. Y hoy creo que ello fue lo mejor que pudo haberme pasado, aunque es imposible saber cuál hubiera sido mi vida de haber seguido y terminado la carrera de arquitecto.

Pues bien, por los mismos azares del destino ahí conocí a varios compañeros con quienes hice amistad estrecha. Ricardo Ávila Losada, Salvador Bermúdez Castro, Julio César Treviño, los poetas Chucho Arellano, Jaime Sabines e Inocencio Burgos; las bellas hermanitas Amezcua, Georgina Bustamante, Celia Gutiérrez, Deyanira Sánchez Reyes y otros muchachos y muchachas que formamos un grupo compacto.

Uno de tantos días, Ricardo (que había sido electo presidente de la sociedad de alumnos) me comentó que pensaba organizar un baile de gala, el primero en la historia de nuestra escuela. La idea me pareció sensacional y colaboré de la mejor forma posible para su realización.

Fijada la fecha, contratadas las orquestas y el servicio de mesas, sillas, meseros y el resto de la parafernalia requerida, me dediqué a mí mismo. Fui al centro histórico a buscar y proveerme de un traje de etiqueta, de esos que llaman esmóquin, una camisa con alforcitas y zapatos de charol. Las indispensables mancuernillas las adquirí en una tienda que H. Steele tenía en la avenida Juárez, eran doradas con unas piedras verdes en horrendo contraste con el resto de mi vestimenta, pero fueron lo único que podía pagar.

En fin, de una manera u otra, llegó la noche del baile y, cuando quise reunirme con Deyanira me topé con el hecho de que iba acompañada por toda su familia y su novio. Esto fue el chasco más espantoso que me había llevado hasta entonces. ¡Oh, dolor! Así que me dediqué a bailar con todas las muchachas que estuvieran sin pareja. Pero en un momento me quedé paralizado por la presencia de Georgina, una despampanante rubia que portaba con la majestad de su belleza un elegante strapless azul cielo que la hacía parecer ciertamente celestial.

La presencia de esa chica se fundió con un sueño que tuve algunas noches después, en el que me encontraba en una pabellón de cristales de colores ámbar y verde tierno que miraba a un lago donde brillaba a la luz de la luna el conjunto escultórico Eros y Psiquis del veneciano Antonio Canova, representante del neoclasicismo italiano.

Ambas ideas revolotearon en mi mente durante unas semanas hasta que una noche, después de haber fumado unas pipas, me senté frente a mi máquina de escribir y comencé a teclear:

Comienza la farsa. El telón del tiempo desnuda la escena del espacio. ¡Señor…! Deja que el mármol que cubre las figuras se desvanezca y prosiga la historia. Está quieto el estanque. Dos siluetas blancas, inmóviles en el centro del agua de cristal duro y transparente.La luna de dos cabelleras se convierte en llanto…

Había dado comienzo a la que sería mi primera novela. Había establecido el ambiente soñado y en los siguientes renglones aparecería el recuerdo de la figura de Georgina. ¿Cómo habría de intitular el libro? No tuve duda en ningún momento: ¡Gina!

Desde luego, el primer enunciado estableció que el escrito no sería real, así que mi bella compañera de escuela sólo aportó la memoria de su imagen y el hipocorístico de su nombre. Todo el resto fue surgiendo en tormentosos partos nocturnos que significaron exprimirme la masa encefálica para obtener un escrito que satisfizo mi juvenil inquietud.

Una vez mecanografiado en limpio, lo leyó un culto abogado que trabajaba en el entones Partido de la Revolución Mexicana donde mi madre estaba encargada del archivo. Aún conservo en mi flaca memoria el comentario que me hizo a través de mi progenitora: Dígale que lo guarde un tiempo, lo relea después y si le gusta lo publique. En efecto, estuvo en un cajón de mi escritorio algunos años, hasta que conocí al poeta Javier Peñalosa a quien se lo presté en demanda de su opinión. Al revés de lo que me pasó con el anterior lector, Javier me habló por teléfono y lleno de entusiasmo me dijo: Jamás he leído tan bello parto de imágenes como en tu Gina. Esa opinión fue definitiva para mi, sin embargo el manuscrito volvió al cajón donde había dormido hasta que a instancias de una amiga lo presenté a una editorial cuyo dictamen fue negativo porque tenía un estilo semejante al de Hermann Hesse (!!!). ¡Flaco favor le hicieron a mi admirado premio Nobel 1946. Una tarde mi amigo el poeta Roberto Oropeza, ganador de varias flores naturales en distintos juegos florales, me regaló una copia de la convocatoria al primer certamen de este tipo en la ciudad de Guadalajara y me conminó a participar en él. Agradecí la invitación y ni tardo ni perezoso envié mi Gina al concurso para participar en la sección de cuento.

Tiempo después fui al centro a comprar alguna cháchara para mi casa y dudando de si a mi esposa le podría gustar mi hallazgo, le hablé por teléfono y ella me informó de la llegada de un telegrama para mí. Le pedí me lo leyera y ¡oh, sorpresa! Venía de la presidencia de los juegos florales de Guadalajara  participándome que me esperaban el 14 de septiembre del nefasto año 1968, para entregarme el premio que me habían concedido en una ceremonia de gala a celebrarse en el Teatro Degollado.

Excuso decirte que mi antiguo esmoquin oloroso a naftalina salió a relucir junto con sus accesorios y guardado en la maleta junto con ropa para varios cambios, y para mi compañera compré un hermoso vestido en brocado dorado y zapatillas a juego. Total, me gasté unos buenos pesos, pero se trataba de una ceremonia de gala y eso lo justificaba.

Llegados a la capital de Jalisco, nos brindó hospedaje mi tía Virginia en su cómoda casa muy cerca del centro. Y la noche de la recepción del premio fuimos los tres al bello pero descuidado coso tapatío donde fui el primer sorprendido al ver que tanto el presidente de los juegos como la reina de los mismos vestían sencilla ropa de calle. Los únicos que íbamos ataviados propiamente para una celebración que ellos mismos llamaron “de gala” fuimos nosotros.

Dejando esas trivialidades para otra ocasión te diré que en el año 2007, mes de agosto, cansado de tener en el olvido a Gina, mi hija literaria mayor, Ediciones Unicornio la dio a la luz pública. La portada, a sugerencia mía, fue creada por mi hijo Luis, excelente diseñador grafico.

Y ese fue el origen de mi primera y hasta ahora única novela, a pesar de haber sido premiada como el mejor cuento del certamen.

Cosas de la vida que cambian en un momento tus fines a pesar de que te has esforzado en lograr otro objetivo.

Volví a leerla recientemente y me gustó… seguramente porque fue mi primer intento de crear una novela diferente.

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Manipulación de Imagen: Roberto Andrade Echauri.

 

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